El fenómeno Therian bajo la lupa de la salud mental
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El fenómeno Therian bajo la lupa de la salud mental


El fenómeno de los therian —personas que se identifican subjetivamente con animales— ganó una fuerte visibilidad en redes sociales y medios de todo el país, generando debate, curiosidad y también reacciones de rechazo. Frente a este escenario, la psicóloga Raquel Peralta (MP 334) aportó una mirada clínica y contextual, alejada tanto de la estigmatización como de la validación acrítica.

 
 
 
 

Peralta explicó que, desde el campo de la psicología, la identificación therian no se considera en sí misma un trastorno mental. “Lo que nosotros vemos es una identificación subjetiva con un animal, una forma de tomar una identidad. Pero no se puede hablar de salud mental en términos globales y caracterizar algo como un trastorno sin evaluar cada situación en particular”, señaló.

 

En ese sentido, remarcó que el foco no debe ponerse en la conducta externa —como el uso de máscaras o disfraces— sino en el impacto subjetivo que esa vivencia tiene en la persona: cómo se siente emocionalmente y qué función cumple esa identidad en su vida.

La adolescencia y niñez como público objetivo

La profesional sostuvo que no resulta llamativo que este fenómeno se manifieste principalmente en niños y adolescentes. Lo vinculó con otros movimientos sociales juveniles que se dieron en distintas épocas, como los floggers o los emos, que también funcionaron como espacios de pertenencia. “Son fenómenos sociales que permiten generar grupos a partir de un mismo lenguaje y una forma de comportarse”, explicó. En un contexto de hiperconectividad, sobreestimulación y múltiples formas de exclusión, estas identidades pueden operar como mecanismos de referencia, socialización y búsqueda de lugar en el mundo.

“La adolescencia es una etapa atravesada por preguntas como ‘¿quién soy?’ y ‘¿cómo me voy a presentar ante los demás?’”, indicó Peralta. En ese proceso, la experimentación cumple un rol central, potenciado por el impacto de las redes sociales, YouTube y la tecnología en la construcción de la imagen personal. Para muchos jóvenes, estas identidades ofrecen la posibilidad de pertenecer a algo, especialmente cuando no encuentran espacios de inclusión en ámbitos más tradicionales.

El rol de los padres

Consultada sobre el rol de los adultos, la psicóloga fue clara: el rechazo sin comprensión no sirve. “Desde la postura psicológica no nos preguntamos por qué se disfraza alguien, sino para qué le sirve esa identidad, cómo opera en él”, explicó. Puede tratarse de un refugio emocional, una forma de tramitar el rechazo, de construir autoestima o de sentirse parte de un grupo. Por eso, recomendó priorizar el acompañamiento y el diálogo, aun cuando existan choques generacionales o de paradigmas de crianza.

Para Peralta, es fundamental que los adultos generen un clima de confianza que permita a niños y adolescentes expresar lo que sienten y explicar por qué adoptan determinada identidad. “Eso nos permite entender si hay señales de alerta o no”, señaló, y recordó que muchos de estos movimientos son transicionales. “Hoy no vemos adultos que se identifiquen abiertamente como emos. Fueron expresiones propias de un momento social y cultural”, ejemplificó.

Riesgos y motivos de consulta

En cuanto a los posibles riesgos, la psicóloga advirtió que la principal señal de alarma es la pérdida del juicio de realidad. “Que la persona crea realmente que es un animal y se borre el límite entre lo simbólico y la realidad”, explicó. Otras señales incluyen un aislamiento significativo, abandono de vínculos y actividades, falta de interés social, rigidez cognitiva y una identidad tan incuestionable que no permite el diálogo. También alertó sobre la aparición de mayor ansiedad, angustia, síntomas depresivos y desbordes emocionales.

“El problema no es explorar una identidad, sino cuando deja de ser una fuente de libertad y se vuelve algo que encierra”, afirmó. En ese punto, insistió nuevamente en la comunicación sin prejuicios como herramienta central para detectar a tiempo si algo no está funcionando bien en el plano subjetivo.

Peralta también se refirió a las reacciones agresivas que se observan en redes sociales, incluso con amenazas, muchas veces dirigidas a niños de apenas 10 o 12 años. Desde su mirada, estas conductas están vinculadas a una sensación de impunidad que habilitan los perfiles anónimos. “Las redes muchas veces sacan la capacidad de empatía y nos hacen expresarnos sin filtros”, sostuvo, y consideró que en muchos comentarios se proyectan frustraciones personales más que opiniones genuinas.

Para cerrar, la psicóloga planteó la necesidad de evitar los extremos: ni patologizar cualquier diferencia ni validar todo sin análisis. “La salud mental es siempre en lo particular. Primero hay que comprender el fenómeno social y cultural, y después mirar el caso a caso”, concluyó. Y dejó un mensaje clave para padres, docentes y adultos responsables: estar atentos, dialogar y acompañar, entendiendo que no todo adolescente que atraviesa estas exploraciones está atravesando una patología.

FUENTE: MISIONES ONLINE



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Peralta explicó que, desde el campo de la psicología, la identificación therian no se considera en sí misma un trastorno mental. “Lo que nosotros vemos es una identificación subjetiva con un animal, una forma de tomar una identidad. Pero no se puede hablar de salud mental en términos globales y caracterizar algo como un trastorno sin evaluar cada situación en particular”, señaló.

 

En ese sentido, remarcó que el foco no debe ponerse en la conducta externa —como el uso de máscaras o disfraces— sino en el impacto subjetivo que esa vivencia tiene en la persona: cómo se siente emocionalmente y qué función cumple esa identidad en su vida.

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La profesional sostuvo que no resulta llamativo que este fenómeno se manifieste principalmente en niños y adolescentes. Lo vinculó con otros movimientos sociales juveniles que se dieron en distintas épocas, como los floggers o los emos, que también funcionaron como espacios de pertenencia. “Son fenómenos sociales que permiten generar grupos a partir de un mismo lenguaje y una forma de comportarse”, explicó. En un contexto de hiperconectividad, sobreestimulación y múltiples formas de exclusión, estas identidades pueden operar como mecanismos de referencia, socialización y búsqueda de lugar en el mundo.

“La adolescencia es una etapa atravesada por preguntas como ‘¿quién soy?’ y ‘¿cómo me voy a presentar ante los demás?’”, indicó Peralta. En ese proceso, la experimentación cumple un rol central, potenciado por el impacto de las redes sociales, YouTube y la tecnología en la construcción de la imagen personal. Para muchos jóvenes, estas identidades ofrecen la posibilidad de pertenecer a algo, especialmente cuando no encuentran espacios de inclusión en ámbitos más tradicionales.

El rol de los padres

Consultada sobre el rol de los adultos, la psicóloga fue clara: el rechazo sin comprensión no sirve. “Desde la postura psicológica no nos preguntamos por qué se disfraza alguien, sino para qué le sirve esa identidad, cómo opera en él”, explicó. Puede tratarse de un refugio emocional, una forma de tramitar el rechazo, de construir autoestima o de sentirse parte de un grupo. Por eso, recomendó priorizar el acompañamiento y el diálogo, aun cuando existan choques generacionales o de paradigmas de crianza.

Para Peralta, es fundamental que los adultos generen un clima de confianza que permita a niños y adolescentes expresar lo que sienten y explicar por qué adoptan determinada identidad. “Eso nos permite entender si hay señales de alerta o no”, señaló, y recordó que muchos de estos movimientos son transicionales. “Hoy no vemos adultos que se identifiquen abiertamente como emos. Fueron expresiones propias de un momento social y cultural”, ejemplificó.

Riesgos y motivos de consulta

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“El problema no es explorar una identidad, sino cuando deja de ser una fuente de libertad y se vuelve algo que encierra”, afirmó. En ese punto, insistió nuevamente en la comunicación sin prejuicios como herramienta central para detectar a tiempo si algo no está funcionando bien en el plano subjetivo.

Peralta también se refirió a las reacciones agresivas que se observan en redes sociales, incluso con amenazas, muchas veces dirigidas a niños de apenas 10 o 12 años. Desde su mirada, estas conductas están vinculadas a una sensación de impunidad que habilitan los perfiles anónimos. “Las redes muchas veces sacan la capacidad de empatía y nos hacen expresarnos sin filtros”, sostuvo, y consideró que en muchos comentarios se proyectan frustraciones personales más que opiniones genuinas.

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